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El encanto de su emplazamiento, esa postura de doncella, dormida a los pies de los colosos de la Loma, han hecho siempre a Canena escenario de descripciones diversas, a cargo de muy distintos escritores españoles, pertenecientes a épocas, alejadas entre sí, de nuestra historia literaria, pero que tienen en común el saber cantar las bellezas que se exhiben ante sus ojos, tal vez aguijoneados doblemente por el registro de la historia y la placidez de un paisaje intermedio de extraordinaria belleza, una tierra de nadie y al mismo tiempo de todo aquel que supiera franquear sin perjuicios los umbrales de la modestia.
 

Pero no sólo son referencias lejanas, proferidas en tiempos remotos, las que se han encargado de difundir el nombre de Canena en las páginas de la literatura española. Más recientemente, serían los viajeros, tanto españoles como extranjeros, los que surcarían de cabo a rabo sus inmediaciones, penetrarían sus encantos y difundirían los arcanos históricos que tropezaron. El primero de todos fue Pío Baroja, quien recordaba con emoción la vista del castillo de Canena en su libro "Desde la última vuelta del camino"; "El castillo es grande, con dos torreones cilíndricos, otros dos más pequeños y la torre del homenaje. Parece que fue d ela Orden de Calatrava. Debe ser de planta gótica y luego rectificado en estilo del Renacimiento.

El primero de todos, don Iñigo López de Mendoza, Marqués de Santillana, autor de lo que el profesor Lapesa no dudara en calificar como "Serranillas fronterizas", aludiendo a la decisiva importancia de su enclave, pero también otros escritores diferentes, en fecha más próxima a nosotros, que recogen leyendas de tan encendido color local como el decimonónico de Juan Antonio de Viedma, el cual, al hacer bascular la leyenda de Pero Gil y sus avatares familiares en torno al enclave de la fortaleza de"Giribaile", revitaliza el romanticismo del tema, a la vez familiar y guerrero, en los alrededores de este pueblo.

También Camilo José Cela, en sus "Primer viaje andaluz", se acuerda de nuestra población, a la que define como: "pueblo de placenteras vistas sobre sus vides y sus olivares", a la par que se sorprende por lo repartidas que están en estos lugares las parcelas campesinas, aspectos sociales de nuestra entorno que también motivaran comentarios en la novela de Juan Luis Gonzaléz-Ripoll, "Los hornilleros", de 1976, y que constituye un verdadero itinerario provincial.

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